Hay una frase que resume como ninguna otra lo que sintieron millones de argentinos este martes: “¡Qué manera de sufrir!”. Porque en el minuto 79 cuando la albiceleste perdía 2-0 frente a Egipto, hasta los más optimistas pensaban que el sueño mundialista se escapaba. Trece minutos después, todo cambió. Argentina ganó 3-2 con una remontada inolvidable y la Ciudad de Buenos Aires explotó de alegría.
Como ocurre cada vez que juega la Selección en un Mundial, la capital comenzó a transformarse horas antes del partido. El tránsito era intenso, pero no por un día cualquiera: miles de personas aceleraban el paso para llegar a sus casas antes del pitazo inicial. Otros buscaban un bar donde ver el encuentro. Muchos comercios bajaron sus persianas y las camisetas celestes y blancas dominaron las calles.
Del silencio a la euforia
Cuando el balón empezó a rodar, Buenos Aires quedó prácticamente en silencio. Las avenidas se vaciaron, los negocios cerraron y la vida cotidiana hizo una pausa. Todos estaban mirando el mismo partido.
Con los goles de Egipto, la preocupación se convirtió en angustia, mientras la ilusión se aferraba a un gol. El 2-0 parecía un golpe demasiado duro, sobre todo por la forma en que había llegado: dos golazos que dejaban a la Selección contra las cuerdas.
Entonces apareció la fe. El descuento de Cuti Romero, al minuto 79, fue mucho más que un gol. Fue un desahogo. Desde los balcones comenzaron a escucharse los primeros gritos. Algunos vecinos salieron a alentar, otros respondían desde edificios cercanos y los primeros bocinazos rompieron el silencio. De repente, volvió la esperanza.
El empate de Lionel Messi terminó de encender la llama. Hubo abrazos, lágrimas y una emoción difícil de explicar. En Argentina, la relación entre la Selección y su gente trasciende el fútbol. Hay una conexión construida sobre la pasión, el sentido de pertenencia y el liderazgo de un grupo que convirtió a Messi en mucho más que su capitán.
La admiración que despierta dentro y fuera de la cancha se mezcla con la amistad que une al plantel y con un amor por la camiseta que los fanáticos sienten como propio.
Y cuando Enzo Fernández marcó el 3-2 en el tiempo de descuento, Buenos Aires dejó de contenerse. El grito fue uno solo. Las bocinas comenzaron a sonar sin descanso, los balcones se llenaron de banderas, los abrazos se multiplicaron entre familiares, amigos e incluso desconocidos. La ciudad volvió a rugir como en sus grandes noches mundialistas.
Argentina sufrió hasta el último minuto, pero nunca dejó de creer. Esa convicción también vive en los argentinos, que alientan incluso cuando todo parece perdido. Por eso, la remontada frente a Egipto fue mucho más que una clasificación a los cuartos de final. Fue otra tarde de esas que alimentan la ilusión de un país que sigue convencido de que su Selección puede volver a conquistar el mundo.







