La actriz costarricense Daniela Marín Navarro todavía parecía sorprendida. En medio del vértigo del Festival de Cannes, entre fotógrafos, vestidos negros y periodistas de todo el mundo, la joven intérprete subió al escenario a recoger uno de los reconocimientos más inesperados y simbólicos para el cine centroamericano reciente: el premio a la mejor interpretación femenina de la sección Una Cierta Mirada por la película Siempre soy tu animal materno.
Lo hizo sola, aunque el premio era compartido.
A su lado no estaban ni la mexicana Marina de Tavira ni la debutante costarricense Mariangel Villegas, las otras dos actrices reconocidas por el jurado.
Pero Daniela cargó el momento con una mezcla de incredulidad y orgullo que parecía resumir el estado actual del cine costarricense: pequeño, precario, obstinado y, de pronto, visible.
“¡Que aguante el cine costarricense!”, dijo emocionada a la prensa internacional después de la ceremonia.
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Cine con las uñas en Costa Rica
La frase sonó menos a consigna patriótica y más a desahogo. Porque detrás del premio hay años de películas levantadas con presupuestos mínimos, equipos reducidos y directores acostumbrados a filmar más por necesidad expresiva que por industria.
“En Costa Rica no tenemos suficientes fondos. A veces todo se pone demasiado difícil, pero se puede lograr”, insistió Marín Navarro.
La escena tenía algo simbólico: una actriz centroamericana recogiendo un premio en Cannes por una película que justamente evita los clichés con los que el mundo suele mirar a Centroamérica.
La directora Valentina Maurel lo dejó claro desde el inicio de su proyecto. Su San José no tiene volcanes perfectos ni playas paradisíacas. Tiene postes eléctricos, barrios húmedos, plazas pequeñas, edificios cansados y una sensación de desconexión emocional que atraviesa toda la película.

Crítica velada a la sociedad
“Quiero rebelarme contra esa imagen turística de Costa Rica”, explicó la realizadora, que hizo historia al convertirse en la primera cineasta costarricense en competir dentro de la selección oficial de Cannes.
En Siempre soy tu animal materno, la ciudad pesa tanto como los personajes.
Elsa, interpretada por Daniela Marín Navarro, regresa a Costa Rica después de estudiar en Europa. Vuelve confundida, suspendida entre dos mundos, mirando su país con esa mezcla incómoda de distancia, culpa y extrañeza que acompaña muchas veces a quienes emigran o estudian fuera.
En la casa familiar encuentra a su hermana menor, Amalia, interpretada por Mariangel Villegas, aislada, absorbida por creencias esotéricas y relaciones ambiguas.
Los padres parecen vivir en universos paralelos: un padre distraído por aventuras sentimentales y una madre —encarnada por Marina de Tavira— obsesionada con reeditar poemas eróticos escritos en su juventud.
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Un premio colectivo
No hay grandes tragedias visibles. Lo que hay es desgaste emocional, silencios largos y vínculos rotos de manera lenta.
Ese fue precisamente el elemento que más valoró el jurado de Una Cierta Mirada: la construcción colectiva de personajes complejos, emocionalmente contradictorios y profundamente humanos.
“Estos papeles eran complicados de encarnar”, reconoció Maurel. “Fueron muy generosas y emocionalmente valientes”.
La directora insiste en que el premio pertenece tanto a las actrices como a la manera en que la película fue concebida: un cine íntimo, sensorial y ambiguo, más interesado en las emociones interiores que en los grandes discursos políticos o sociales con los que frecuentemente se identifica al cine centroamericano.

Una apuesta por otra mirada
Y ahí aparece otra de las rupturas importantes de esta película.
Durante años, buena parte del cine de la región logró reconocimiento internacional contando historias de violencia, migración, guerra o crisis sociales. Maurel no niega esa realidad, pero propone otra mirada.
“También se puede hacer un cine diferente”, afirmó en Cannes. “Un cine sobre la intimidad, la ambigüedad y la interioridad”.
Esa decisión estética tiene además una carga cultural importante para Costa Rica, un país acostumbrado a venderse internacionalmente como paraíso ecológico.
Maurel hace exactamente lo contrario: convierte a San José en una ciudad cinematográfica, caótica y emocionalmente viva. La filma, según dice, “como si fuera Tokio o París”.
Y esa apuesta terminó conectando con Cannes.
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Cannes, otra dimensión
El reconocimiento llega además en un momento especial para el cine costarricense, que en los últimos años ha comenzado a construir una identidad propia en festivales internacionales, lejos del gigantismo de las industrias mexicana o argentina, pero cada vez más presente en circuitos de autor.
Para Daniela Marín Navarro, el premio también tiene un peso personal. La actriz ya había sido reconocida anteriormente en el Festival de Locarno, pero Cannes representa otra dimensión.
“Estoy inundada de emoción”, confesó.
Quizás porque el premio no solo celebra tres interpretaciones femeninas. También confirma algo que durante mucho tiempo parecía improbable para muchos cineastas centroamericanos: que desde un país pequeño, con pocos recursos y sin gran industria, también se puede llegar hasta la Croisette francesa y salir de allí con un premio entre las manos.







