La diplomacia continental asestó un golpe demoledor al matrimonio dictatorial de Managua, y la respuesta oficial llegó empaquetada en su formato más predecible: un monólogo bilioso, cargado de rencor y desprovisto de decoro institucional.
Tras la votación en la Organización de los Estados Americanos (OEA) —donde 29 países respaldaron convocar una reunión de cancilleres para evaluar sanciones y elevar la presión contra la tiranía nicaragüense— Rosario Murillo utilizó su tribuna meridiana para desatar una ráfaga de descalificaciones que dejó al descubierto el nerviosismo de la cúpula familiar ante el cerco diplomático.
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Con la voz sibilante y una ira apenas contenida en cada pausa forzada, la vocera y codictadora de facto escupió su habitual repertorio de odio contra opositores, activistas y la comunidad internacional.
Fiel a su retórica de deshumanización, Murillo aseguró que sus críticos «no son nadie» y que «no tienen ninguna incidencia en la vida cotidiana de las familias nicaragüenses».
Para la vocera del régimen, quienes denuncian las arbitrariedades de su dictadura son meros «cartuchos quemados» que «no tienen patria, no pertenecen a nada ni representan nada», acusándolos de estar «haciendo el ridículo, faltos de legitimidad, criminales».
Desvarío verbal
En pleno desvarío verbal, Murillo descalificó el liderazgo disidente: “Se creen héroes cuando realmente son espantapájaros, sin ton ni son, solamente espantapájaros ávidos de los mendrugos que esperan les receten sus amor”.
La letanía de agravios continuó catalogando a las voces críticas como «delincuentes y traficantes de honras, mentecatos, malhechores, truhanes, míseros, asalariados».
Con evidente contradicción, la tirana de 75 años afirmó que había que «ignorarlos porque no son nadie, pero también exhibirlos como lo ridículos que son, forajidos cobardes».
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Odio a las redes sociales
La diatriba también arremetió contra la libertad de expresión digital, tildando a los usuarios independientes de «legiones de mentirosos en lo que llaman redes sociales, que son redes donde se despliegan las vanidades, las voracidades, el egoísmo, las maldades».
Furiosa sin control, se refirió a los usuarios de redes sociales tachándolos de «migajas, mercenarios, traidores y cobardes que se activan; una corte, servidumbre, jaurías que ladran y ladran de mentira a mentira».
En un país sometido a controles, espionaje y represión, las redes sociales y los medios de comunicación digitales son los últimos reductos de libertad de expresión y crítica de los nicaragüenses contra los dictadores acusados de crímenes de lesa humanidad.
Sigue el circo “de las consultas”
Detrás del despliegue de improperios subyace la prisa del régimen por consolidar su proyecto de sucesión absoluta.
En medio de su intervención, Murillo defendió el sainete legislativo orquestado desde la Asamblea Nacional —reducida a una dócil maquinaria sumisa a sus órdenes directas—, alardeando de que avanzan en «la amplia consulta que se realiza en todo el país».
Dicho proceso es calificado por la oposición como una farsa administrativa concebida para imponer reformas constitucionales a la medida del matrimonio de los ancianos.
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El objetivo explícito de esta maniobra es garantizar que Daniel Ortega (80 años) y la propia Murillo (75 años) formalicen su co-dictadura y aseguren al menos 14 años más al frente del poder que usurpan desde 2007 mediante fraudes electorales sistemáticos, violencia estatal y corrupción desmedida.
Para culminar su iracunda alocución, la vocera recurrió a su habitual barniz místico-religioso, proclamando que «los caminos de Dios se abren para que la familia y el pueblo cristiano, socialista, solidario, pueblo heroico, presidente de Nicaragua» continúen en el poder.
No obstante, la solidez de los 29 votos en el foro interamericano confirma que la condena internacional se mantiene firme, por más que el régimen intente encubrir su aislamiento recurriendo a la bilis y al delirio totalitario.
