En el calor húmedo de Managua, a miles de kilómetros de las calles empedradas de Roma y de los oscuros «Años de Plomo» de la política europea, habita el único hombre que ha logrado esquivar de manera definitiva el peso de la justicia italiana por el magnicidio más emblemático del siglo XX.
Alessio Casimirri Labella —romano, nacido en el corazón del Vaticano en 1951, buzo profesional, cocinero y terrorista condenado a seis cadenas perpetuas en rebeldía— ha construido una vida a plena luz del día en Nicaragua, protegido por un blindaje político e ideológico que ni los tribunales de Roma ni el Parlamento Europeo han logrado romper.
La historia de Casimirri es la de un abismo que conecta la convulsa Guerra Fría europea con el sandinismo centroamericano. Para entender la magnitud de su impunidad, es preciso regresar al episodio que traumatizó a las democracias occidentales: el secuestro y asesinato de Aldo Moro.

El magnicidio que paralizó a Occidente
En la década de 1970, Italia era un territorio sacudido por una extrema violencia política. En ese contexto, Aldo Moro, figura central de la Democracia Cristiana y dos veces primer ministro (1963–1968 y 1974–1976), ideó una estrategia audaz conocida como el «Compromiso Histórico».
Su objetivo era integrar al poderoso Partido Comunista Italiano (PCI) en la gobernabilidad nacional para estabilizar una república al borde del colapso.
El experimento democrático fue cortado de raíz con precisión militar.
El 16 de marzo de 1978, a las 9:00 horas, en la Vía Fani de Roma, un comando operativo de la organización terrorista de extrema izquierda Brigadas Rojas emboscó el vehículo del dirigente democristiano.
En cuestión de segundos, los atacantes asesinaron a sus cinco escoltas y se llevaron al líder político.
Durante 55 días de dramático cautiverio, Moro escribió cartas desesperadas a sus compañeros de partido y a su familia, suplicando una salida negociada.
Sin embargo, el Estado italiano impuso una inflexible «línea de firmeza» y rechazó cualquier acuerdo con el terrorismo.
El desenlace estremeció al mundo: el 9 de mayo de 1978, el cuerpo acribillado de Moro, con once balazos, fue hallado en el maletero de un Renault 4 rojo abandonado en la Vía Caetani, a escasos metros de las sedes del Partido Comunista y de la Democracia Cristiana.

Su ejecución no solo liquidó el acercamiento entre ambas fuerzas, sino que abrió una fractura moral que la sociedad italiana aún no ha cicatrizado.
La justicia de Italia determinó que en aquel comando que disparó en la Vía Fani operaba Alessio Casimirri, bajo el nombre en clave de «Camillo».
Su perfil resultaba tan fascinante como contradictorio: había crecido en el interior del Vaticano, donde su padre ejerció durante tres décadas como portavoz papal.
De la solemnidad de los pasillos vaticanos, el joven Casimirri transitó hacia radicalismo armado de finales de los años setenta, convirtiéndose en una pieza clave del engranaje terrorista.
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La ruta de escape: de Moscú al Caribe sandinista
A diferencia de la mayoría de sus compañeros de armas, que fueron capturados, condenados, confesos que se arrepintieron o murieron en enfrentamientos con los Carabinieri, Casimirri optó por el exilio definitivo.
Su fuga parece extraída de una novela de espionaje del telón de acero. En 1983, el italiano aterrizó en el aeropuerto de Managua en un vuelo de la aerolínea soviética Aeroflot, procedente de Italia tras haber realizado escalas clandestinas en París y Rusia con nombre falso.
Según las acusaciones diplomáticas de la época, ingresó a Nicaragua de manera ilegal bajo la identidad falsa de Guido di Giambatistta.
En el país centroamericano encontró el refugio perfecto: el régimen del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) lo acogió bajo su ala protectora, en una época en la que Managua se había convertido en el santuario del revolucionarismo internacional.
Con una pragmática adaptabilidad, Casimirri dejó atrás las armas para abrazar el mar Caribe y el Pacífico. Afirmó que llegó atraído por la posibilidad de vivir en el trópico y dedicarse a la pesca submarina.
En el país centroamericano consolidó su arraigo: en 1988 el régimen sandinista le otorgó la nacionalidad nicaragüense, se casó con la ciudadana local Raquel García Jarquín, formó una familia con tres hijos y fundó un célebre restaurante en el kilómetro 12 de la Carretera Sur de Managua: La Cueva del Buzo.
Allí, el hombre más buscado por la justicia italiana sirve mariscos y pescados capturados con su propio arpón.

La defensa de «Camillo» y el muro diplomático
Desde su restaurante, Casimirri no ha dudado en defender su relato. En entrevistas concedidas a medios locales como La Prensa, Magazine y El Nuevo Diario entre 2004 y 2007, el exbrigadista articuló un curioso equilibrio entre la confesión ideológica y la negación de los hechos de sangre.
“Fui de las Brigadas Rojas, pero es que ser de las Brigadas Rojas era como pertenecer al FSLN; como todo ciudadano yo tenía mi ideología… pero nunca estuve en el atentado contra Aldo Moro”, llegó a declarar, atribuyendo su condena en Italia a testimonios fabricados por colaboradores judiciales favorecidos por la Ley del Arrepentido. Casimirri ha sostenido invariablemente que la mañana del 16 de marzo de 1978 se encontraba impartiendo clases y que jamás existieron pruebas materiales en su contra.
Para los gobiernos de Roma, sin embargo, la situación de Casimirri es una afrenta inaceptable. Desde el año 1990, Italia ha exigido en reiteradas ocasiones su extradición.
En 2015, el entonces ministro de Justicia italiano, Andrea Orlando, calificó su captura como “un objetivo esencial e irrenunciable”.
En fecha más reciente, en 2022, la causa escaló hasta el Parlamento Europeo, que aprobó una resolución —impulsada por una enmienda del eurodiputado Mario Borghezio— exigiendo la extradición inmediata de quien consideran protegido por la dictadura de Daniel Ortega.
La respuesta del régimen sandinista es un inquebrantable muro de piedra jurídico. Voceros del orteguismo, como el fallecido magistrado de la Corte Suprema de Justicia, Francisco Rosales, sentenciaron que el caso es «cosa juzgada» y que la legislación impide extraditar a un ciudadano nicaragüense.

Nicaragua: el paraíso de los prófugos
El amparo a Casimirri no es un hecho aislado en la Nicaragua contemporánea y va de la mano con una política de protección sandinistas a prófugos de la justicia de otros países.
Bajo el mando de Ortega, Managua se ha consolidado como una fortaleza para prófugos políticos de diversas latitudes, otorgando asilo y nacionalidad a personajes como el expresidente salvadoreño Mauricio Funes —reclamado por masivos casos de corrupción— o el operador político guatemalteco Gustavo Adolfo Herrera Castillo, procesado por narcotráfico y redes ilícitas.
Mientras la Unión Europea intensifica sus presiones diplomáticas y sanciones contra el régimen de Managua, la balanza sobre el destino del último exbrigadista sigue inmóvil.
En su restaurante, rodeado de recuerdos marinos, Alessio Casimirri envejece tranquilamente en el exilio, simbolizando con su sola presencia la persistente incapacidad del sistema internacional para cerrar el capítulo más doloroso e impactante en la historia de la democracia italiana moderna.





