La ambición de Rosario Murillo por consolidar una sucesión dinástica en Nicaragua, similar o peor a la dictadura de los Somoza, la ha llevado a impulsar el fin definitivo del sistema electoral en el país y la capitulación de todos los derechos civiles y políticos.
Esa es la conclusión central expuesta por la escritora nicaragüense Gioconda Belli en un artículo de opinión publicado en The New York Times, en el que analiza la reciente decisión del régimen de Daniel Ortega de prescindir de la ficción de la democracia.
Para Belli, exiliada y despojada de su nacionalidad por la dictadura, el abandono del modelo de comicios no responde a un acto de fuerza, sino a una vulnerabilidad profunda.
La autora sostiene que la copresidenta busca un sistema donde ningún oponente pueda competir para asegurar el poder tras la muerte de Ortega. Como enfatiza la escritora: “Murillo teme perder incluso unas elecciones amañadas; le asusta aparecer sola en la boleta electoral”.
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El anuncio de Ortega y el giro de Murillo
La postura de la escritora surge tras el discurso pronunciado por Daniel Ortega el pasado 19 de julio, en el 47.º aniversario de la Revolución sandinista. En esa intervención, el mandatario octogenario declaró abiertamente que las elecciones ya no ofrecerían una vía para acceder al poder en Nicaragua.
A los pocos días, Murillo intentó matizar el anuncio asegurando que los procesos electorales continuarían, pero bajo un nuevo marco normativo diseñado para excluir a supuestos “traidores” y “lacayos imperialistas”.
A la par, desde la Asamblea Nacional se planteó una reforma para extender el mandato presidencial a siete años renovables. Sin embargo, para Belli este movimiento reafirma la intención del matrimonio gobernante de perpetuarse de forma vitalicia.

Consolidación del poder totalitario
El análisis de Belli sitúa esta medida dentro del paulatino desmantelamiento institucional que Nicaragua ha sufrido desde el regreso de Ortega al poder en 2007.
El régimen ya mantiene un control absoluto sobre el poder judicial, la legislatura, el ejército y la policía. Durante el proceso de 2021, la dictadura encarceló a los principales precandidatos presidenciales, expulsó a opositores y despojó de la ciudadanía a cientos de críticos, incluida la propia Belli.
A diferencia de Ortega, cuyo liderazgo aún conserva un vínculo residual con la mitología de la Revolución de 1979 que derrocó a la dinastía Somoza, Murillo carece de legitimidad histórica y popularidad propia, dice la escritora.
Belli señala que la co-dictadora es percibida con recelo y temor por la sociedad nicaragüense, que la apoda “la Chamuca” debido a su uso constante de simbolismo esotérico.
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Murillo destruye las libertades
Consciente de su impopularidad, Murillo ha apartado sistemáticamente a cualquier figura que pueda cuestionar su sucesión, advierte Belli.
Esta estrategia ha alcanzado incluso a figuras históricas del sandinismo y a familiares directos. El caso más paradigmático citado por Belli es el del general Humberto Ortega, hermano del presidente, quien tras sugerir públicamente que la sucesión debía resolverse por vía electoral fue sometido a arresto domiciliario hasta su muerte.
En este contexto, la autora advierte que la obsesión de Murillo por garantizar la presidencia sin someterse al dictamen de las urnas destruye las últimas libertades del país.
“La democracia de Nicaragua, por la que tantos lucharon durante tanto tiempo, muere con su determinación de portar la banda presidencial, cueste lo que cueste”, concluye Belli.






