El 19 de julio: de fiesta nacional a ceremonia vigilada y controlada por la dictadura de Nicaragua

La celebración que alguna vez llenó plazas y movilizó multitudes se ha reducido a actos controlados, empleados públicos obligados y discursos previsibles de Daniel Ortega y Rosario Murillo.

dictador daniel ortega

Dictador Daniel Ortega, tirano de Nicaragua.

Otro 19 de julio en Nicaragua. La propaganda sandinista bulle en redes sociales y medios de comunicación controlados por la familia dictatorial Ortega Murillo. Pero los trabajadores del Estado saben que todo es una farsa: nadie celebra por gusto, sino por obligación.

Los empleados del Estado están obligados a participar, celebrar y marchar. Pero deben cumplir estrictas medidas de seguridad del aparato de seguridad del régimen.

Para entrar en la Plaza de la Fe, los trabajadores públicos deben mostrar la cédula, vestir camiseta blanca sin mensajes y someterse a registros. No pueden llevar agua, gorras ni gafas.

Una vez dentro, tienen restringido levantarse, incluso para ir al baño. Sus responsables pasan lista al comienzo y al final del acto.

Este año, además, recibieron una orden adicional: cada trabajador debe llevar uno o dos acompañantes y proporcionar previamente sus nombres y números de identificación.

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Dictadores de Nicaragua, Rosario Murillo y Daniel Ortega.

Acarreados a la plaza

“Nos llevan acarreados”, dijo un funcionario bajo condición de anonimato. La meta, según los trabajadores consultados, es reunir unas 57,000 personas para ofrecer una imagen de respaldo masivo durante la celebración del 47 aniversario de la Revolución Sandinista.

No siempre fue así.

El 19 de julio fue alguna vez una fiesta nacional. Recuerda el día de 1979 en que una insurrección popular, formada por guerrilleros, estudiantes, empresarios, campesinos y ciudadanos de distintas tendencias, terminó con la dinastía de los Somoza.

Las fotografías de multitudes entrando en Managua recorrieron el mundo. Casi medio siglo después, la fiesta pertenece a una familia que igual que los Somoza, recurre a la represión para sostenerse en el poder tras 19 años de dinastía.

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Dictador de Nicaragua, Daniel Ortega, acusado de violación de derechos humanos, crímenes de lesa humanidad, corrupción y represión generalizada.

Una plaza difícil de llenar

Daniel Ortega y Rosario Murillo convirtieron la conmemoración en una ceremonia de exaltación personal. En el escenario ya no aparecen las figuras históricas que dirigieron la revolución.

Muchas murieron, fueron expulsadas, encarceladas, desterradas o borradas del relato oficial.

Desde la represión de las protestas de 2018, el régimen dejó de organizar aquellas concentraciones abiertas que pretendían mostrar fuerza popular.

Las sustituyó por actos pequeños, listas cerradas, invitados seleccionados, pantallas gigantes en los municipios y transmisiones obligatorias de radio y televisión.

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En 2026, el Gobierno decidió regresar a la enorme Plaza de la Fe. Pero llenar el espacio exige recurrir a los empleados estatales, estudiantes de universidades confiscadas, miembros de la Juventud Sandinista y partidarios radicales.

Una profesora del Ministerio de Educación contó que las autoridades rechazaron las excusas médicas. Quienes padezcan hipertensión, gripe o asma deben asistir con sus medicamentos. Solo las embarazadas pueden ausentarse.

Un docente universitario recibió instrucciones de llevar a dos alumnos que no pertenezcan a la oficialista Unión Nacional de Estudiantes. Un médico explicó que asistirá para proteger el salario con el que paga su casa y su vehículo. “La mayoría cede ante estos abusos”, dijo.

La obligación revela la transformación de una celebración popular en una tarea laboral.

Durante julio, los funcionarios participan en dianas al amanecer, caravanas, ferias y visitas a monumentos. Deben permitir que los fotografíen y mostrarse sonrientes. La ausencia puede significar el despido o la cárcel.

Policías al servicio de la dictadura Ortega-Murillo siguen secuestrando a ciudadanos por órdenes del régimen.

Dos dictadores y el mismo discurso

En el centro de la ceremonia permanecen Ortega, de 80 años, y Murillo, de 75: una pareja de envejecidos dictadores que repiten discursos previsibles sobre la paz, el imperialismo, las victorias y la providencia divina, mientras evitan ofrecer respuestas concretas a los problemas del país.

Durante 19 años consecutivos de régimen, Nicaragua no ha logrado superar una pobreza estructural que la mantiene entre las tres economías más pobres de América Latina.

Cerca de un millón de nicaragüenses ha abandonado el país desde 2018, empujado por la represión, la falta de oportunidades y la crisis política.

Esa migración también vació las bases del FSLN. A ella se sumaron las purgas internas, la muerte de antiguos militantes y el desencanto de excombatientes que alguna vez consideraron sagrada la fecha.

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La soledad de los tiranos

“Los principios que nos unieron fueron sustituidos por el miedo, el silencio y la intolerancia”, dijo Oscar, un veterano de guerra herido durante el servicio militar.

Después de 2018 abandonó definitivamente el partido. Ahora, desde Costa Rica, considera el acto una evidencia de “la soledad de los tiranos”.

La soledad también se observa en las delegaciones extranjeras. Desaparecieron los presidentes, intelectuales, artistas y dirigentes latinoamericanos que alguna vez acudieron a Managua.

Rusia y China siguen siendo los aliados más poderosos del régimen, pero están lejos. Otros socios tradicionales, como Cuba, Venezuela e Irán, no siempre envían figuras relevantes.

El aislamiento responde tanto a las sanciones internacionales como a decisiones del propio régimen, que ha roto relaciones, expulsado organismos, confiscado instituciones y convertido la sospecha en política de Estado.

Estados Unidos, mientras tanto, endurece su discurso y amplía la presión contra la familia gobernante y sus funcionarios.

Dictadores de Nicaragua, Daniel Ortega y Rosario Murillo.  

El país bajo vigilancia

Ortega y Murillo han compensado su pérdida de apoyo con un aparato de represión y propaganda formidable.

La Policía y el Ejército mantienen una obediencia pública casi servil al FSLN. Los medios independientes fueron cerrados, confiscados o empujados al exilio.

Dentro del país no quedan periódicos ni periodistas libres, sino un sistema de comunicación dedicado a reproducir la versión oficial.

La vigilancia y el espionaje también funcionan también desde abajo y desde arriba. Empleados estatales reciben órdenes de observar a vecinos, compañeros y hasta familiares considerados sospechosos de simpatizar con la oposición.

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Dictadora Rosario Murillo, sancionada por violacion de derechos humanos y acusada de crímenes de lesa humanidad.

Las autoridades, por su parte, actúan impunemente. En Nicaragua pueden detener, desterrar o despojar de la nacionalidad tanto a un obispo, a un empresario, como a un estudiante o a un campesino.

El resultado es una fiesta organizada bajo las mismas reglas del régimen: control, silencio y obediencia. Incluso el horario fue adaptado este año para no competir con la final del Mundial de fútbol, que atrae más interés que los discursos oficiales.

En la arrogancia, los Ortega Murillo han impuestos controles a bares, restaurantes y empresas de transmisión: a la hora que inicie la ceremonia, deben suspender toda actividad comercial y transmitir obligatoriamente y en cadena el acto partidario.

Así transcurre un 19 de julio más en Nicaragua: una plaza de obligados, dos dictadores vetustos rodeados de policías y cámaras, una multitud registrada y resignada a aplaudir porque necesitan conservar su empleo. La revolución que nació contra una dinastía familiar sobrevive ahora como la celebración obligatoria de otra: la de la los Ortega Murillo.

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