La migración irregular en América Latina está disminuyendo en cifras, pero aumentando en peligros. En 2026, los flujos migratorios hacia Estados Unidos han caído a niveles históricamente bajos, mientras crece un fenómeno más difícil de medir: la migración invisible.
Un informe de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA) advierte que las nuevas políticas migratorias están transformando el recorrido desde Sudamérica hasta la frontera norte, con impactos directos en Centroamérica.
Uno de los datos más llamativos se registra en el Tapón del Darién, la peligrosa selva entre Colombia y Panamá. En marzo de 2026, solo 39 personas cruzaron esta ruta, una caída drástica frente a las cerca de 82,000 registradas en agosto de 2023.
Aunque esto podría interpretarse como una mejora, el informe señala que no se trata de una reducción real de la migración, sino de un cambio en su forma. Menos personas utilizan rutas visibles, mientras más optan por trayectos clandestinos controlados por redes criminales.

En México, ciudades como Tapachula se han convertido en puntos críticos. Organizaciones locales describen estos lugares como “ciudades prisión”, donde miles de migrantes quedan varados sin acceso a trámites, empleo o protección, atrapados entre políticas migratorias restrictivas.
La situación se repite en otras zonas fronterizas. En Tijuana, por ejemplo, expertos advierten que la disminución en los albergues no refleja una baja en la migración, sino que muchas personas evitan registrarse para no ser detectadas o deportadas.
Las causas
El endurecimiento de las políticas en Estados Unidos ha tenido un efecto dominó. La suspensión práctica del asilo y el aumento de las deportaciones han generado un efecto disuasivo, pero también han incrementado el uso de rutas más peligrosas.

Además, los acuerdos para deportar migrantes a terceros países han generado nuevas dinámicas. Personas de distintas nacionalidades quedan atrapadas en países de tránsito sin opciones claras, lo que aumenta su vulnerabilidad.
Centroamérica vuelve a ser clave en este escenario. Países como Panamá, Costa Rica y Guatemala enfrentan una presión creciente como territorios de paso o retención, sin contar siempre con los recursos necesarios para atender a esta población.
El informe también alerta sobre el papel creciente del crimen organizado. Con rutas más cerradas, los migrantes dependen cada vez más de redes ilegales que controlan el tránsito, encarecen los costos y aumentan los riesgos de extorsión y violencia.
En este nuevo mapa migratorio, la caída de cifras no implica una solución. Por el contrario, refleja una transformación más compleja: menos visibilidad, más peligros y una crisis que sigue avanzando fuera del radar.







