En medio de la crisis de Venezuela y la salida de Nicolás Maduro, sectores progubernamentales en Nicaragua y algunos analistas internacionales han advertido sobre un eventual impacto negativo en los precios de los combustibles y derivados del petróleo en Centroamérica.
Sin embargo, los datos del Observatorio Económico Internacional y los informes del economista Enrique Sáenz apuntan en una dirección opuesta: la dependencia energética y económica de Nicaragua respecto a Venezuela es hoy marginal, casi inexistente.
Según Sáenz, Nicaragua compra actualmente el 75 % de los hidrocarburos a Estados Unidos, el 14 % a Ecuador y el 11 % restante a otros países, entre ellos México, Costa Rica (productos procesados) y Brasil (derivados).
En otras palabras, el suministro energético nicaragüense no está anclado a Caracas desde hace años, lo que reduce de forma significativa cualquier riesgo de shock petrolero derivado de la transición política venezolana.
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Un comercio bilateral en mínimos históricos
Las cifras comerciales confirman esta desvinculación. En 2023, Nicaragua exportó a Venezuela apenas 6,86 millones de dólares, una caída sostenida del 20,1 % anualizado respecto a 2018, cuando las exportaciones alcanzaban los 21 millones.
El intercambio se concentró casi exclusivamente en productos farmacéuticos —vacunas, antisueros y cultivos— por un valor de 6,4 millones de dólares, además de volúmenes marginales de maní y tabaco.
El flujo inverso es aún más reducido. En 2023, Venezuela exportó a Nicaragua solo 509.000 dólares, frente a los 48,5 millones registrados en 2018, lo que supone un desplome del 59,8 % anualizado. Los principales productos fueron medicamentos envasados, centrifugadoras y tapas plásticas, sin rastro de petróleo o combustibles.
“Con Venezuela no hay comercio exterior, ni inversiones, ni remesas, ni petróleo”, resumió Sáenz en la actualización de su reporte 2024 sobre las relaciones económicas entre ambos países.
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Remesas e inversión: el peso real de Estados Unidos
Los datos de remesas y de inversión extranjera directa refuerzan esta conclusión. En 2024, las remesas familiares provenientes de Venezuela hacia Nicaragua fueron cero, mientras que las enviadas desde Estados Unidos superaron los 4.340 millones de dólares.
En materia de inversión extranjera, Estados Unidos aportó 283 millones de dólares, mientras que Venezuela ni siquiera aparece registrada en las estadísticas oficiales.
Este contraste evidencia que la economía nicaragüense —tanto en consumo como en estabilidad macroeconómica— depende de manera estructural de su vínculo con Estados Unidos y otros mercados regionales, no del eje político que durante años intentó sostener el chavismo.
Complejidad económica y peso global limitado
En 2023, Nicaragua ocupó el puesto 113 en exportaciones globales (7.790 millones de dólares) y Venezuela el 114 (7.630 millones), con niveles similares y bajos de complejidad económica.
Esta paridad, lejos de reflejar una relación estratégica, subraya la debilidad estructural de ambos países y la escasa capacidad de arrastre entre sus economías.
La pregunta central, planteada por Sáenz, no es económica sino política: ¿cómo puede repercutir la caída del régimen de Maduro en la dictadura encabezada por Daniel Ortega y Rosario Murillo?
Los datos sugieren que el golpe no vendría por la vía del comercio o la energía, sino por el aislamiento geopolítico, la pérdida de aliados simbólicos y el debilitamiento de redes políticas opacas.
El golpe es por otra vía
De ahí las interrogantes que el economista deja abiertas: posibles transacciones turbias vinculadas al oro, flujos de capitales ilícitos o esquemas de lavado de dinero.
Son estos terrenos, más que el precio del combustible en las gasolineras, los que podrían verse alterados por el nuevo escenario venezolano.
En síntesis, el temor a un alza de los combustibles en Nicaragua tras la salida de Maduro carece de sustento empírico. La evidencia muestra que el vínculo económico entre Managua y Caracas es hoy residual, y que cualquier repercusión será más política y simbólica que material.