Si Donald Trump está rompiendo como un bisonte de la modernidad política los empañados cristales de la alta burocracia desde la geopolítica hemisférica y mundial con su discurso accionario republicano efectivo, Marco Rubio, el secretario de Estado de origen cubano, lo está haciendo desde otra formalidad —disruptiva y a la vez conservadora—, pero admirablemente estratégica, combinando matices hispanos entrelazados con la fluidez diplomática de un inglés estándar por el que fluye su herencia latina y la de todo un subcontinente, por donde también corren las venas del liderazgo hispano exitoso dentro del sistema, lo que ya está incidiendo en un nuevo formato político desde el epicentro del poder público de los Estados Unidos de América, evidenciando capacidades y expectativas presidenciales en el futuro no priorizadas en el presente.
La actual administración viene resquebrajando todos los moldes del mundo contemporáneo y de las ciencias políticas vigentes. Pareciera estar ante un rompecabezas gramatical y escénico frente a un guión perfectamente elaborado, pues mientras Trump impone un discurso agresivo y potencialmente enérgico que sacude los cimientos de la maniatada Europa —sobre todo ante sus nada discretos encantos hacia la izquierda light y totalitaria— Rubio posteriormente viene a dorarlo con reflectores que van siempre desde la perspectiva de ese mismo discurso, pero tras un montaje verbal en el que lo adorna y eleva desde una tónica virtualmente suave y siempre enérgica.
Esto quedó evidenciado en su discurso reciente en la Conferencia Anual de Seguridad de Munich, en Alemania, en donde tendió la mano a Europa llegando incluso a sostener que Estados Unidos “es hijo” de ese viejo continente en medio de las tensiones existentes en las relaciones transatlánticas.
Esa visión positiva y futurista en un mundo depresivo por las economías populistas, el fracaso comunista, la corrupción y el narcotráfico deberán ser detonantes para la clase política y empresarial latinoamericana en general. No hay tiempo para excusas ni remordimientos ni miramientos lacrimógenos frente a la actual administración, pues sus errores —que también los hay— son y serán subsanados por la misma buena leche de la democracia, como la actual resolución de la Corte Suprema ante la subida de los aranceles.
Otro hecho importante en la agenda en perspectiva del secretario de Estado es la importancia ejecutiva en las misiones recibidas, las que al final del día marcan una abierta diferencia entre este y afamados antecesores como Henry Kissinger.
Mientras aquel definió equilibrios de poder durante la Guerra Fría, medio siglo después emerge una figura diferente pero trascendentalmente significativa. No se trata del académico convertido en estratega sino de la trayectoria brillante de un hijo de exiliados que ha hecho del destierro una vida política activa y estructurada, con un pensamiento constitucional, un anticomunismo no teórico sino biográfico, con una visión hispanoamericana y una cosmovisión hemisférica, continental y mundial.
Entre los aportes de Rubio para Estados Unidos sobresalen la visión política firme frente a dictaduras en Cuba, Venezuela y Nicaragua (no vista desde Kennedy hasta Joe Biden a excepción de la administración Reagan, también republicana y como parte de la defensa y seguridad nacional con expansión hemisférica), definiendo un balance hacia Latinoamérica de defensa democrática y no de indiferencia estratégica; estampando además una reconexión con la clase media trabajadora articulada desde un conservadurismo orientado a la movilidad social, defendiendo el libre mercado sin abandonar la preocupación por quienes sienten que el sistema ya no les ofrece oportunidades reales; y acrecentando un puente cultural con el mundo hispano.
Frente a estadistas como este, se abre una oportunidad de oro para superar las taras con las que ha lidiado el subcontinente desde la independencia de España, tales como la sociología del resentimiento y la acechanza populista de la izquierda —con todo y sus sombrerazos soberanos— los cuales han resultado falsos y escrupulosos, amamantados en potencias foráneas avasallantes y totalitarias.
Desde México hasta Chile, el atraso económico y cultural ha sido constante, marcado por los valores del atavismo social y la batalla perdida de haber pretendido ir contra Estados Unidos, contra su potencia económica y su próspero capitalismo.
De ahí que su amigo también de origen cubano el congresista Mario Díaz-Balart lo considere un estadista brillante y extraordinario, quien ha sido testigo de primera mano “de la disciplina y dedicación que aporta a todo lo que hace y representa”.
Marco Rubio, evidente estrella hispana en el centro del poder político en Estados Unidos, nos está poniendo la cartilla frente a nuestros ojos; no leerla sería nuestro siguiente error.







