La caída del Muro de Berlín supuso no solo el fin de un sistema político, el comunismo, sino también el colapso de una forma de entender las relaciones internacionales. La intervención del entonces presidente de la URSS, Mijail Gorbachov, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas (1988), unida a la retirada de Afganistán, hizo ver a los ciudadanos de Europa del Este que Rusia nunca vendría a ayudar a sus gobernantes cuando hubiera protestas.
Eso significaba que ya no habría más otoños húngaros, primaveras de Praga ni leyes marciales en Polonia. Y, sobre todo, que el sistema podría colapsar si se elevaba la presión en las calles.
Lo vivido en los ochenta en Europa nos recuerda mucho a lo que vemos en Irán en los últimos años. Por un lado, el régimen es incapaz de hacer prosperar la economía y, por otro, su apoyo exterior se desvanece poco a poco. Analicemos estos dos asuntos:
La economía, uno de los grandes problemas del país
La economía iraní está lejos de ser próspera. A pesar de ser un país rico en recursos naturales, la República Islámica de Irán no ha logrado elevar el nivel de vida de sus ciudadanos.
Mientras que la renta per cápita de Irán apenas llega a los 5 000 dólares, sus vecinos ganan entre ocho (Arabia Saudí: 38 000 dólares) y quince veces más (Catar: 70 000 dólares). Además, la economía lleva años estancada y la inflación se ha convertido en el principal problema económico para los iraníes.
En el año 2025 los precios subieron un 42,2 % y los alimentos, un 72 %. Uno de los sectores más afectados por la inflación ha sido el de los comerciantes, quienes han visto reducidos sus ingresos como consecuencia de la pérdida generalizada del poder adquisitivo de los iraníes.
Por ello, a nadie sorprende que las revueltas de diciembre tuvieran su origen en el Bazar Jomeh, una especie de rastro que ocupa cinco plantas de un aparcamiento todos los viernes y al que acuden los habitantes de Teherán.
Fueron precisamente los comerciantes de este bazar quienes protestaron al ver cómo llegaban cada vez menos clientes a sus puestos. La respuesta del gobierno de Teherán no fue muy útil, ya que solo se le ocurrió aumentar en 7 dólares el exiguo subsidio que reciben sus ciudadanos para comprar en tiendas determinadas.
La caída del apoyo desde el exterior
El segundo gran pilar del Irán revolucionario es su apoyo exterior, un sector que también se ha tambaleado en el último año. Si bien es cierto que en 2009, 2014 o 2017 los ayatolás se sentían seguros al reprimir con el apoyo que les brindaba Moscú, desde que Putin se ha embarrado en Ucrania, ese apoyo se siente cada vez más lejano.
Además, en el último año, Irán ha asistido a la caída de regímenes como el sirio, a la captura de Maduro o a la exterminación de Hezbolá y Hamás ante la atónita mirada de un Putin que no puede más que contemplar cómo pierde cada vez más influencia.
Todos estos actores se mantenían en el poder porque gozaban del favor de Moscú, y ese hecho ha sido irrelevante cuando han tenido que hacer frente a su supervivencia.
No podemos olvidarnos de la cada vez más notable debilidad iraní en el exterior. A pesar de los esfuerzos de Teherán, estamos asistiendo al desmontaje del llamado “eje de la resistencia”, con la consiguiente pérdida de aliados tan importantes como Al Assad, Hezbolá o Hamás.
Esta reducción de la carga, lejos de ayudar a estabilizar sus problemas internos, está mostrándonos un Irán incapaz de protegerse de los golpes que Washington y Jerusalén le asestan al unísono y de forma coordinada. En general, los iraníes consideran que su régimen es débil e incapaz de resolver sus problemas internos y externos, por lo que ven en las protestas una forma de hacer que caiga.
Si todo esto fuera poco, el régimen de los ayatolás parece noqueado y la única forma que ha encontrado de responder a los manifestantes es mediante la represión. En las últimas semanas, los Guardianes de la Revolución han segado la vida de más de 3 000 personas, según la televisión estatal, lo que no ha hecho más que radicalizar las demandas de la población.
Posibles escenarios futuros
Los escenarios a corto y medio plazo no parecen halagüeños. Los Guardianes de la Revolución –una rama de las fuerzas armadas iraníes– siguen teniendo un poder muy elevado en las estructuras del Estado y la represión sigue siendo su principal herramienta.
Al igual que en Venezuela, Estados Unidos no parece muy partidario de intervenciones que impliquen un cambio de régimen. La sombra de Irak, Afganistán y Libia sigue siendo muy alargada para Trump, y sus votantes no quieren oír hablar de nuevas aventuras que supongan un gasto extra para el tesoro americano.
Tampoco se prevé una alternativa basada en el Shah, ya que una parte de la población nunca ha vivido fuera del paraguas de los ayatolás y la otra todavía recuerda que episodios como la masacre de plaza Jaleh o el incendio del Cinema Rex fueron la alfombra para la llegada de Jomeinei.
Los dos escenarios más probables son el colapso del régimen o un escenario a la venezolana. El colapso se traduciría en un empecinamiento en la represión y en el empeoramiento de los problemas económicos del país. Si estos dos elementos se mantienen, podríamos ver colapsar la República Islámica de Irán y extender el caos por todo Oriente Medio.
El otro escenario implicaría un pacto con sectores pragmáticos del régimen, que permitiría a Estados Unidos acceder a las reservas de petróleo a cambio de una relajación de las sanciones. Si esto ocurriera, podría llegar una mejora en el nivel de vida de los iraníes lo que, en el fondo, apuntalaría el régimen.
En todo caso, habrá que ver el interés de un Estados Unidos gobernado por alguien que cambia de prioridades cada 24 horas.
Al igual que ocurrió en 1979, Irán necesita un cambio y ese cambio debe suponer una mejora en las condiciones de vida de los iraníes, tanto en lo político como en lo económico.
Hay un proverbio persa que dice “quien conoce la salida, no se pierde en el laberinto”. El problema de Irán es que nadie parece conocer la salida, lo que condena a la población a estar en el laberinto.![]()
Alberto Priego, Profesor Agregado de la Facultad de Derecho- ICADE, Departamento de Dep. Público. Área DIP y RRII, Universidad Pontificia Comillas
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.







