Las intervenciones sobre Nicaragua durante el reciente debate general de la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU), renovaron las expectativas sobre una salida a nuestra crisis política. Fueron alentadoras las palabras del presidente de Paraguay, Santiago Peña, quien pidió claramente elecciones libres.
También merece reconocimiento la posición de Costa Rica en defensa de los derechos humanos y del derecho de los nicaragüenses a decidir su futuro mediante procesos electorales democráticos.
Son actuaciones distintas que contribuyen a mantener nuestra tragedia en la agenda internacional. Aunque la ONU no siempre responde con eficacia a las grandes necesidades de la humanidad, su tribuna permite denunciar abusos y reclamar compromisos. Para cada nicaragüense urgido de un cambio cada pronunciamiento debe convertirse en una oportunidad para impulsar soluciones.
En ese contexto, tuvo especial relevancia el mensaje del cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado y jefe de la delegación de la Santa Sede. El 26 de septiembre de 2026, al intervenir ante la ONU y transmitir el saludo del papa León XIV, expresó particular preocupación por Nicaragua y reiteró el llamado a un diálogo respetuoso y constructivo con las autoridades del país, por el bien del pueblo y de la Iglesia.
Parolin no anunció una negociación entre el régimen y la oposición. Sin embargo, sus palabras fortalecen una convicción política: si las autoridades pueden dialogar con el Vaticano, también deben hacerlo con la oposición partidaria y las fuerzas sociales nicaragüenses. Esa posibilidad merece impulsarse con responsabilidad, sin anticipar acuerdos ni imponer representaciones.
La Iglesia ha pagado un alto precio por defender sus espacios de libertad. La Comisión de Estados Unidos sobre Libertad Religiosa Internacional ha documentado detenciones arbitrarias, expulsiones de religiosos, cierres y confiscaciones de instituciones, así como restricciones al ejercicio de la fe. Frente a estos antecedentes, una disposición al diálogo debe traducirse en cambios comprobables.
Un diálogo inclusivo exige una condición elemental: nadie puede hablar en nombre de toda Nicaragua desde una mesa donde únicamente se escuche al poder de turno. Nicaragua necesita interlocutores con voz propia, capacidad de propuesta y libertad para disentir. Los monólogos del régimen no resolverán nuestra crisis.
Deben participar la oposición política partidaria, las organizaciones civiles, las comunidades religiosas e indígenas, los familiares de presos políticos y desaparecidos, y quienes viven en el exilio. También debe escucharse a la diáspora: esos miles de héroes anónimos cuyas remesas, ganadas con esfuerzo, sostienen a tantas familias y mantienen vivo su vínculo con la patria.
Tampoco bastará una fotografía alrededor de la mesa. Serán necesarios garantes, garantías y compromisos verificables: liberar a los presos políticos, detener la persecución, permitir el regreso seguro de los exiliados y restituir las libertades de expresión, asociación y culto. Sobre esas bases podrá avanzarse hacia una transición cívica y electoral, con partidos capaces de competir libremente (luego de que les sean devueltas sus personerías jurídicas), autoridades electorales independientes y observación internacional.
En 2024 el Partido Liberal Independiente (PLI-HISTÓRICO), compartió local e internacionalmente el documento “La ruta hacia la Democracia”, lo cual les costó la cárcel a sus dirigentes principales Valmore Valladares y Alejandro Hurtado, el cual sostiene puntos coincidentes con las propuestas de la Organización de Estados Americanos (OEA) como del propio Vaticano y otras a nivel geopolítico, lo que demuestra que a pesar de la represión política interna ha habido vasos comunicantes de una oposición partidaria opuesta al régimen dentro de la nación.
La oposición democrática, por su parte, debe presentar propuestas realistas y acordar una representación que reconozca su diversidad.
Excluir a los partidos clausurados por el régimen, cuyos miembros han sido perseguidos, silenciados o empujados al exilio, debilitaría desde el comienzo la legitimidad de cualquier entendimiento.
Es hora de agradecer públicamente a quienes han alzado la voz por Nicaragua y de asumir nuestras propias responsabilidades. El llamado del Vaticano puede abrir una puerta. Corresponde a los nicaragüenses impulsar un diálogo político que conduzca a elecciones libres y a la recuperación de nuestra libertad y democracia.







