El Vaticano enfrenta una decisión incómoda y peligrosa respecto a Nicaragua: abrirse a las relaciones diplomáticas o sostener un silencio crítico y apoyar prudentemente al perseguido y diezmado clero nicaragüense.
Según un amplio análisis de The Pillar, firmado por Edgar Beltrán, la Santa Sede se mueve entre dos opciones igualmente complejas: intentar restablecer relaciones diplomáticas con una dictadura feroz que ha perseguido sistemáticamente a la Iglesia…
O esperar —con paciencia casi monástica— a que el ciclo biológico del dictador Daniel Ortega, hoy un anciano de 80 años con apariciones cada vez más escasas y torpes, abra una ventana de cambio en el país.
Un país que ha silenciado a la Iglesia
El análisis de The Pillar subraya que Nicaragua vive un “apagón casi total” de la Iglesia católica. La mitad de los obispos están en el exilio. Veinte por ciento de los sacerdotes han huido o han sido expulsados.
Las congregaciones religiosas han sido desmanteladas. Y quienes permanecen en el país saben que cualquier crítica —una homilía, una oración, un contacto con exiliados— puede ser interpretada por la dictadura como “traición”.
Las comunicaciones entre los obispos nicaragüenses y Roma prácticamente han colapsado. “El régimen espía a los sacerdotes y cualquiera que se comunique con exiliados termina también exiliado”, dijo una fuente vaticana citada por The Pillar.
Otra fuente recordó que muchos obispos temen salir del país porque no les permitirían regresar. El Vaticano, admite un funcionario, no tiene “información fiable” sobre lo que ocurre dentro de Nicaragua.
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Un Papa que avanza, pero con cautela
El Papa León XIV ha dado señales de movimiento. El 13 de noviembre recibió en audiencia al valiente obispo Rolando Álvarez, encarcelado más de un año por la dictadura tras acusarlo de “conspiración” y “traición a la patria”.
Dos meses antes, el Pontífice se reunió con otros tres obispos nicaragüenses desterrados por la dictadura familiar Ortega Murillo. Estos gestos han desatado especulaciones: ¿está Roma replanteando su estrategia?
El análisis de The Pillar advierte que cualquier cambio visible afuera puede provocar represalias adentro. Ese patrón ya está documentado. Bajo Francisco, cada gesto de apoyo a la Iglesia nicaragüense —desde declaraciones aisladas hasta el nombramiento de Álvarez como delegado sinodal en 2024— generó una respuesta inmediata del régimen: más arrestos, más expulsiones, más violencia.
Por eso la pregunta para León XIV no es si actuar en Nicaragua, sino cuándo.
El régimen exige control absoluto
Cualquier intento de restablecer relaciones diplomáticas chocará con un obstáculo mayor: el régimen quiere controlar los nombramientos episcopales. Managua exige poder de veto como en China.
Según The Pillar, el gobierno presiona para que obispos o sacerdotes afines al régimen ocupen las vacantes, entre ellos René Sándigo, señalado por su cercanía y servilismo con la familia Ortega-Murillo.
En un comunicado reciente, la dictadura afirmó que el Vaticano “no está autorizado” a nombrar obispos sin el visto bueno del Estado.
Esta postura abre un riesgo gravísimo: la construcción de una “Iglesia paralela” al estilo chino, totalmente subordinada al poder político de la macabra dictadura familiar.
Aceptar esa imposición sería una capitulación para el Vaticano. Rechazarla, un disparador de mayor persecución contra lo que queda del clero en Nicaragua.
El dilema estratégico: actuar ahora o esperar
El núcleo del análisis de Beltrán es claro: el Papa podría concluir que no tiene margen real para negociar con un régimen obsesionado con controlar la Iglesia.
En ese caso, la opción más efectiva —aunque dolorosa— sería esperar el funeral de Ortega y un descalabro calculado contra la siniestra figura de Murillo.
Ortega acaba de cumplir 80 años y su salud mental y física evidencia decadencia natural. Y aunque todo apunta a que Rosario Murillo heredará el poder, su impopularidad interna podría detonar tensiones que abran un espacio de diálogo, valora The Pillar.
Un funcionario del Vaticano lo resume para The Pillar: “Una transición de poder podría crear una breve ventana para restablecer comunicación”.
Una espera forzada
El Vaticano enfrenta a una dictadura cruenta que ha expulsado, encarcelado y torturado a sacerdotes y obispos. Cualquier gesto público empeora la situación.
Cualquier negociación formal exige entregarle al régimen el control de la Iglesia como pretende Murillo. Y cualquier silencio prolonga un sufrimiento que ya es insoportable.
El dilema está planteado: arriesgarse a caer en la trampa política del régimen Ortega-Murillo o esperar un cambio de poder que podría tardar… o llegar de manera abrupta.
Por ahora, concluye The Pillar, la estrategia más prudente para León XIV podría ser la menos deseada: esperar como solo la Iglesia suele hacerlo, no por algo es popular entre el clero la sentencia que dicta que “la iglesia católica ha visto desfilar el ataud de sus enemigos”.
