Hay quienes opinan que las personalidades nocivas de la historia, dimensión personal o colectiva, deben ser ignoradas, tal y como si no hubieran existido, consideración que no comparto porque mientras las consecuencias de sus obras se padezcan el causante de los males no debe ser olvidado.
Hago esta reflexión porque esta semana el individuo más nefasto de la historia de Cuba habría llegado a los 100 años, aunque muchos de nosotros hubiéramos preferido que no hubiera nacido.
Reconozco que he abordado este tema con anterioridad, pero el hecho que lo que resta del totalitarismo castrista esté conmemorando el centenario de Fidel Castro, junto a su sangriento y destructivo legado, me obliga a transitarlo nuevamente, porque como entendiera José Martí, la verdad no es un simple dato o concepto abstracto, sino un deber moral vivo.
Por supuesto que considerar que Fidel Castro fue el único culpable de la tragedia cubana sería un craso error. Tuvo numerosos colaboradores entre los que destacan su hermano Raúl, el verdugo más eficiente del totalitarismo, Ramiro Valdés y los siempre recordados Ernesto “Che” Guevara y Camilo Cienfuego, sin olvidar a los criminales anónimos y no anónimos, que con su vileza construyeron un sistema de horrores de muy difícil repetición.
A los 100 años del natalicio del tirano más despiadado que ha padecido América, de los cuales vivió 90 años y tiranizó a un pueblo personalmente por 49, es apropiado afirmar que ni un segundo de su larga existencia estuvo orientado o comprometido con hacer el bien. Fidel Castro vivió para satisfacer sus ambiciones más nefastas, sin importar, el precio que tuvieran que pagar sus seguidores y menos sus enemigos.
Castro fue un encantador. Literalmente encantador de serpientes, porque de los muchos que sedujo, la mayoría, fueron viles reptiles que cumplían ciegamente sus órdenes. Su capacidad de seducción fue enorme, equivalente, a la ingenuidad de quienes les sirvieron ciegamente.
Castro irrumpió en la política a través del pandillerismo universitario. No pudo acceder al liderazgo de la Federación Estudiantil Universitaria, y se asoció con los dos grupos más violentos que operaban en la década del 40 en la Universidad de La Habana.
No estoy escribiendo algo nuevo. Lo anteriormente expresado se ha dicho y se repetirá por décadas. Las ruinas causadas son tan vastas y profundas que los ejemplos de su destrucción será muy complicado erradicarlos, e imposible olvidarlos.
Los daños materiales han sido incontables, no obstante, hay profundos conocedores de la realidad cubana, como el profesor Dagoberto Valdés y el escritor José Antonio Albertini, quienes afirman que los mayores perjuicios, el legado más negativo de Fidel Castro y sus sicarios son los que no se pueden palpar ni ver, los daños intangibles al ser humano, entre los que destacan el miedo, una emoción que cuando empieza a recorrer tu columna vertebral nunca la abandona y la pérdida de la esperanza, una expectativa que cuando se marchita, jamás revive.
No es que los cubanos hubieran vivido en una pecera inmune a esos sentimientos y emociones, en la Isla nunca dejaron de haber problemas y distaba de ser un paraíso, pero los que vivimos la República, con sus muchas imperfecciones, podemos atestiguar, ante cualquier corte, que la herencia negativa de esa familia a nuestra nación no tiene igual.
Las acciones condenables del totalitarismo insular, como hemos referido en más de una oportunidad, han transcendido las fronteras, de no ser así, la dupla de criminales integrada por Daniel Ortega y Rosario Murillo no le hubiera construido un monumento al tirano difunto.
Los regímenes de Nicaragua, Bolivia y Venezuela surgieron y fortalecieron a la sombra de los hermanos Castro. De no ser por Fidel y Raúl, Daniel Ortega y Evo Morales serían simples delincuentes, y Hugo Chávez un payaso que incursionó en el narcotráfico.
No quiero cerrar este aciago aniversario sin afirmar que los Castro han sentido un profundo desprecio, mezclado con odio, contra el pueblo cubano. Lo afirmo, porque trabajaron arduamente para destruir la República y se empecinan en seguir en el poder como lo evidencian sus cachorros, verdaderas hienas como sus progenitores, que buscan sobrevivir y seguir en control para depredar por siempre.







