No es embargo, es fracaso. La hora final del modelo cubano

Por Ariel Montoya, escritor y periodista nicaragüense exiliado.

El gobernante cubano Miguel Díaz-Canel y el veterano líder comunista Raúl Castro, en una imagen de archivo. El Partido Comunista Cubano gobierna la isla desde 1959.

La apocalíptica y fracasada aventura comunista en América, impulsada por el tirano Fidel Castro y su guerrilla resentida y tercermundista  desde 1959, está llegando a su final, como también ocurre con los experimentos más sangrientos exportados desde La Habana a Venezuela y Nicaragua, producto del repunte de la derecha a nivel continental, así como de la implementación de la política de Seguridad Nacional de Estados Unidos con irradiación hemisférica.

Durante décadas, el régimen ha intentado proyectar una imagen de fortaleza frente a la adversidad externa. Pero la realidad actual es inocultable: un país sin energía estable, sin alimentos suficientes, sin expectativas de futuro y con una emigración masiva que desangra su capital humano.

Lo que existe hoy en la isla no es un proyecto político viable, sino un sistema agotado que sobrevive por inercia y control. El discurso oficial insiste en culpar al embargo estadounidense como causa central de la crisis. Sin embargo, esa explicación ya no convence a nadie ni resiste el contraste con los hechos. Incluso en períodos de flexibilización de sanciones, el modelo no generó crecimiento sostenido ni reformas estructurales. La razón es simple: el problema de Cuba no es externo, sino un diseño interno que prioriza el control político sobre la eficiencia económica.

Un sistema que no produce, que no innova y que castiga la iniciativa individual está condenado al estancamiento. La economía cubana es hoy un ejemplo claro de esa realidad: improductividad crónica, dualidades monetarias fallidas, empresas estatales ineficientes, dependencia estructural de remesas y subsidios externos. A esto se suma una infraestructura deteriorada y una gestión administrativa opaca que ahuyenta cualquier intento serio de inversión.

Pero el deterioro económico es solo una parte del problema. La otra, igual de decisiva, es la erosión progresiva del control político y la corrupción de una elite podrida y envejecida que tampoco da para más.  Las protestas de los últimos años, la creciente inconformidad social y la pérdida de legitimidad del discurso oficial indican que el sistema ya no cuenta con el consenso mínimo necesario para sostenerse indefinidamente.

La combinación de crisis económica, desgaste moral,  político y de graves vinculaciones con el narcotráfico y el crimen organizad no generan ni confianza ni estabilidad. Ni siquiera para sus nas cercanos camaradas (o compinches).

La pregunta, por tanto, no es si habrá cambio en Cuba, sino cómo ocurrirá. Persistir en reformas cosméticas —pequeñas aperturas controladas, tolerancia limitada al sector privado, ajustes administrativos sin profundidad— solo prolonga la agonía. El país necesita una transformación estructural real.

Esa transformación pasa, en primer lugar, por una apertura política verificable. Sin libertades básicas, sin pluralismo y sin garantías jurídicas, no puede construirse ningún proceso de recuperación sostenible. La liberación de presos políticos, la legalización de la participación política y el respeto a los derechos fundamentales no son concesiones: son condiciones mínimas para reconstruir legitimidad.

En segundo lugar, Cuba necesita una reconstrucción institucional profunda, acompañada por la comunidad internacional. No se trata de intervención, sino de liberación acompañada de apoyo técnico y financiero para restablecer el estado de derecho, la transparencia y la confianza. Sin instituciones creíbles, cualquier reforma económica será frágil.

El tercer pilar es una reforma económica integral. Esto implica abandonar el monopolio estatal sobre la economía y avanzar hacia un modelo mixto que incentive la productividad. La apertura a la inversión extranjera con garantías reales, la privatización gradual de sectores improductivos, la unificación monetaria efectiva y la disciplina fiscal son pasos indispensables. No hay recuperación posible sin liberar las fuerzas productivas del país.

A pesar del panorama actual, Cuba no es inviable. Tiene una ubicación geográfica privilegiada, un capital humano altamente formado y un potencial significativo en sectores como el turismo, la agricultura y los servicios. Con reglas claras y seguridad jurídica, podría atraer inversión y reinsertarse en la economía global con relativa rapidez.
Sin embargo, el factor decisivo no es técnico, sino político. La élite gobernante enfrenta una disyuntiva histórica: facilitar una transición ordenada o arriesgarse a un colapso descontrolado. La experiencia internacional muestra que las transiciones negociadas, aunque complejas, reducen costos sociales y aceleran la recuperación. Aferrarse al inmovilismo, en cambio, solo agrava la crisis.
En este contexto, Estados Unidos ha intensificado su enfoque estratégico regional. El secretario de Estado, Marco Rubio, participó en reuniones junto a jefes diplomáticos y líderes del Comando Sur de Estados Unidos en Florida, en el marco de la Conferencia de Jefes de Misión. Estas reuniones se centran en promover los objetivos de la Estrategia de Seguridad Nacional en el hemisferio, incluyendo esfuerzos coordinados para contrarrestar el narcoterrorismo y limitar la influencia de actores adversarios en la región.

En enero de 2026 inició el proceso de cambio de régimen en Venezuela, tras la captura y extracción de Nicolás Maduro hacia una cárcel federal en Brooklyn, Nueva York. Rubio definió tres etapas: estabilización, recuperación y transición, culminando con elecciones libres y justas que produzcan un gobierno legítimo.

Esas tres etapas obedecen a la particularidad del caso venezolano. La estabilización fue necesaria porque el proceso no inició como resultado de una negociación, sino tras una operación militar de gran escala. La etapa de recuperación responde al colapso económico tras décadas de confiscaciones y fracaso del modelo socialista. Finalmente, la transición permitirá organizar elecciones y reconstruir la institucionalidad democrática.

Las negociaciones para un cambio de régimen en Cuba ya han iniciado. Si se logra un acuerdo que evite una confrontación militar, se podría avanzar directamente hacia la recuperación económica. Sin embargo, la transición será más compleja debido a la ausencia de tradición democrática en más de seis décadas.

En Nicaragua, un escenario de negociación mediante un Diálogo Político permitiría avanzar directamente a una transición democrática más rápida. A diferencia de Cuba, existe experiencia reciente en procesos electorales y reconstrucción institucional, lo que podría reducir los tiempos a unos seis meses. El tendido mediático de la unidad politica interna y externa entre liberales y conservadores, mas la aparición reciente del reavivamiento generacional de «La Contra» en un nuevo partido político, ha generado confianza ciudadana viendo en esto a una identidad de la Derecha sin filtros ni inclusiones camaleónicas provenientes de sectores de la izquierda.

Cuba ha llegado a un punto de no retorno. El modelo que durante décadas se presentó como alternativa ha demostrado su incapacidad para generar bienestar. Hoy es, en esencia, una estructura que se sostiene por control, no por resultados.

Los sistemas políticos no colapsan únicamente por presión externa, y Cuba ya cruzó esa línea. La otra cuando Estados Unidos y Occidente actuén con mas beligerancia, como lo acaba de señalar nuevamente Marco Rubio. Definitivamente como dice el cantautor Willy Chirino la libertad de Cuba «viene llegando».

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