No cabe duda de que la democracia de más abolengo hemisférico en América, después de Canadá y Estados Unidos, es Costa Rica, la pequeña nación geográficamente hablando entre Nicaragua y Panamá y bañada por los océanos Atlántico y Pacífico en sus costados.
Se trata de una democracia liberal que cohabita en un entorno regional marcado por la fragilidad institucional y los negros destellos del crimen organizado, la cual ha logrado mantener un modelo excepcional basado en el Estado de derecho, la ausencia de fuerzas armadas y la primacía de las instituciones civiles, convirtiéndose en un referente de estabilidad política y gobernanza democrática en Centroamérica y América Latina. También para el mundo entero.
Este próximo 8 de mayo deja el cargo el aún mandatario Rodrigo Chaves, de corte populista tecnocrático, quien habrá de pasarle la banda a su sucesora y correligionaria, Laura Fernández, en un inédito proceso de transición en el cual ella misma, por ahora, ha sido nombrada temporalmente ministra de la Presidencia para agilizar el traspaso “sin baches, sin costuras y sin huecos” para la próxima administración, sin tantos pelos en la lengua y sin tantos enredos, como dio a entender dicho presidente saliente, en un país caracterizado por la pasividad y accesibilidad doméstica con la que ejercen sus cargos sus gobernantes.
De hecho, en el pasado a uno de ellos, Otilio Ulate (1949-1953), lo accidentó un ciclista mientras aquel caminaba de su casa en el legendario barrio Amón, a la sede presidencial, yendo ambos a parar al mismo hospital para ser atendidos, según cuenta la leyenda urbana. También, hace pocos años, el expresidente Luis Guillermo Solís (2014-2018) fue sorprendido por un niño quien le pidió una fotografía mientras hacía fila en un banco para cambiar un cheque de su cuenta personal. Y qué decir de don Pepe “Tacones” Figueres y sus gratas anécdotas en su fogosa vida política.
Ejemplos estos que, por muy campechanos y cotidianos que parezcan, encierran toda una movilidad cívica escénica de gran valía ciudadana, ejemplar, de humildad y acercamiento con el hombre común de la calle, digna, demostrando que el poder y la popularidad no se esconden detrás de los vehículos blindados, del hermetismo palaciego ni de los guardaespaldas de civil o uniformados.
A la joven mandataria le esperan días de mucho trabajo. Deberá no solo superar los rasgos hereditarios del proyecto político de Chaves, quien centralizó su gobierno en algunas reformas al Estado, promoción empresarial y seguridad bajo ciertas escaramuzas mediáticas, la cual ella evidentemente deberá reforzar para paliar las amenazas del narcotráfico y sus riesgos latentes, necesarias para mantener la apacible y bien habida paz social que los ticos han edificado desde finales de la década de los años 40 del siglo pasado, cuando sus políticos depusieron criterios personales y empezaron a forjar una democracia que, aun con sus errores, ha sido una de las más grandes y sólidas.
Laura Fernández representa esa derecha pragmática. El partido “Pueblo Soberano” que la llevó al poder viene a enmarcarse en la continuidad conservadora partidaria a nivel regional.
Entre los retos a enfrentar en el nuevo gobierno están, entre otros, la prioridad de la seguridad ciudadana interna y el control migratorio. Por otra parte, a nivel ístmico, tanto Costa Rica como Honduras vendrán a fortalecer el debilitado sistema de integración regional; por ejemplo, cambiará la correlación de fuerzas políticas en el Parlamento Centroamericano (Parlacen), por años dominado por la izquierda.
Costa Rica, pues, es la excepción democrática de Centroamérica. Es un Estado civil que ha hecho de sus instituciones su principal defensa, lo que evidentemente causa envidia sana en muchos latinoamericanos que aún no salen de la pesadilla totalitaria, de la avaricia continuista y de las amenazas comunistas.
A diferencia de Chaves, Fernández representa una transición hacia una derecha más tradicional, menos improvisada y con mayor coherencia doctrinaria. Si aquel representó en su gestión una ruptura con el sistema tradicional de partidos, ella deberá superar la ineficiencia estatal, sacudirse los estertores del deterioro institucional, la corrupción y privilegiar las finanzas públicas, la economía doméstica y la seguridad, esa que permite gratamente que muchos extranjeros y turistas vuelvan a Costa Rica para pasarla bien.
