Washington y la OEA: la nueva ofensiva contra Ortega

Por Ariel Montoya, escritor y periodista nicaragüense exiliado.

dictador Ortega

El dictador nicaraguense Daniel Ortega, acusado de crimenes de lesa humanidad.

Las cosas no están bien para el dictador Daniel Ortega y su entorno político, económico, militar e internacional. Su gasolina política está más resquebrajada que nunca y su soledad espanta. Incluso algunas izquierdas resquebrajadas lo pellizcaron después del exabrupto antielectoral que, como una película en constante cartelera, sigue exhibiendo ante el mundo su furibundo mensaje.

Mientras esto ocurre en los fortificados aposentos del dictador en “El Carmen”, en la calurosa Managua, Washington continúa reconfigurando su política hacia América Latina y el Caribe y posicionando a Nicaragua en un lugar estratégico dentro de la agenda hemisférica.

La confirmación de Juan Pablo Segura como subsecretario adjunto de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental constituye una de las piezas más importantes de esta nueva arquitectura diplomática.

El Senado de Estados Unidos confirmó el pasado 7 de agosto a Segura, junto con otros altos funcionarios de la administración republicana. Su nombramiento, inicialmente enviado al Senado por el presidente Donald Trump y sometido a audiencia en junio, viene acompañado de la confirmación de otros funcionarios del Departamento de Estado para sectores estratégicos dentro del nuevo mapeo geopolítico. Entre los cargos vigentes figuran los de Viviana Bovo, como asistente principal para el Hemisferio Occidental, y Ana Rosa Quintana-Lovett, como subsecretaria asistente para Centroamérica.

Esta movida no es un detalle menor. La Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental es uno de los principales instrumentos de la diplomacia estadounidense hacia la región. La llegada de funcionarios confirmados, en un momento de creciente tensión regional, significa mayor capacidad de ejecución y continuidad en la política norteamericana.

Daniel Ortega, al haber dicho el pasado 19 de julio que no volvería a haber elecciones, volvió a ponerse la soga al cuello. Posteriormente, el régimen impulsó nuevas reformas constitucionales destinadas a prolongar su mandato. Pero Estados Unidos y sus otras estrategias como la del Escudo de las Américas no se ha limitado a las declaraciones bilaterales.

Ahora está llevando nuevamente el caso nicaragüense al escenario multilateral de la Organización de los Estados Americanos (OEA), y lo hace con marcada eficacia, luego de haber conseguido el apoyo de Canadá y Uruguay.

La OEA no solo puede convertirse en un escenario decisivo para Nicaragua; también puede visibilizar la denuncia sobre la destrucción institucional del país y articular una respuesta colectiva frente a un régimen que pretende cerrar definitivamente todas las libertades, incluida la electoral.

Ortega, confiado en que será difícil lograr la unidad de la oposición, apuesta también a que el cansancio internacional termine agotándose para continuar en el poder. Pero el tiro le está saliendo por la culata, pues esta vez el viejo elefante burocrático continental, la OEA, el nuevo Departamento de Estado y la unidad política nacional lo están arrinconando.

Es un hecho que la unidad política opositora está empezando a desbarrancar egos y endiosadas fronteras mentales, en las que privan caudillismos de poca monta, y a tomar el lugar que la llamada “oposición” de sociedad civil —y no política partidaria— pretendió usurpar para sacar a Ortega. Ubiquémonos: nada ni nadie de la comunidad internacional avanzará más si no existe un brazo político interno, sólido y aliado con el también exilio político.

La otra pezuña en la yugular son los presos políticos. La salud de estos se deteriora cada vez más, mientras crecen la presión y la aflicción de sus familiares y amigos. El trabajo de las organizaciones de derechos humanos sigue manteniéndose firme, y la unidad política también será determinante para aligerar el paso hacia su liberación.

No basta con que Washington presione, que la OEA discuta o que los gobiernos democráticos condenen. Nicaragua necesita presentar ante el mundo una alternativa política nacional, democrática y plural. Son los propios nicaragüenses quienes deben agradecer a Estados Unidos y al mundo entero cuanto han hecho, pero también ponerse ellos mismos al frente de la lucha.

La oposición interna y externa tiene que comprender que la fragmentación beneficia exclusivamente al régimen. Ya va siendo hora de que las diferencias ideológicas, partidarias o personales dejen de estar por encima de la necesidad histórica de recuperar la democracia.

Esto no significa que todos deban renunciar a sus principios o identidades políticas. Significa construir un solo frente común de lucha, con una agenda mínima compartida: elecciones libres, Estado de Derecho, libertad de los presos políticos, retorno seguro de los exiliados, respeto a los derechos humanos y reconstrucción de las instituciones democráticas.

Washington puede abrir una ventana diplomática. La OEA puede elevar la presión regional. Pero ninguna potencia extranjera puede sustituir el liderazgo que corresponde a los nacidos en la tierra de Rubén Darío.

La confirmación de Juan Pablo Segura y la nueva ofensiva diplomática estadounidense deben ser entendidas como una oportunidad, no como una solución automática.

La nación necesita una sola voz frente al régimen, una sola estrategia frente a la comunidad internacional y un solo objetivo: recuperar la República y devolverle al pueblo su derecho de decidir libremente su destino. La ofensiva de Washington y la OEA está en marcha.

Definitivamente, las cartas no están jugando bien para el régimen, encima de todo este universo contra Ortega-Murillo, sumémosle el nombramiento de la nueva embajadora en Managua: Natasha Franceschi, ¡una mujer de armas tomar!

 

 

 

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