El anuncio del dictador Daniel Ortega, de prohibir las elecciones como mecanismo para disputar el poder fue interpretado por analistas, diplomáticos y gobiernos occidentales como el paso más explícito hacia un modelo chino de partido único, adaptado a las condiciones de Nicaragua.
La declaración del tirano provocó un fuerte impacto internacional, reactivó el escrutinio sobre el país centroamericano y volvió a situarlo en el centro del debate geopolítico en Washington, Bruselas y varias capitales latinoamericanas.
El modelo chino entra en el debate sobre Nicaragua
Durante años, los críticos del régimen advirtieron sobre un progresivo desmantelamiento de las instituciones democráticas. Sin embargo, el discurso pronunciado por Ortega el 19 de julio eliminó cualquier margen para interpretaciones.
Al anunciar que Nicaragua no volverá a celebrar elecciones bajo el modelo occidental, confirmó la intención de consolidar un sistema donde un solo partido controle de forma permanente el Estado.
El periodista mexicano especializado en geopolítica Esteban Román sostiene que Ortega intenta reproducir elementos esenciales del modelo chino.
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En ese esquema, el Frente Sandinista asumiría un papel equivalente al del Partido Comunista Chino: convertirse en la única organización política con capacidad real para dirigir el Estado, controlar las instituciones y definir el rumbo del país sin competencia electoral.
El modelo incorpora, además, una economía parcialmente abierta al capital privado, incentivos para la inversión, bajos salarios y ventajas fiscales, mientras el poder mantiene un férreo control sobre la sociedad, restringe las libertades políticas y castiga cualquier forma de oposición.
Las diferencias que hacen inviable la comparación
Pero las similitudes terminan rápidamente.
China construyó su sistema de partido único sobre una economía gigantesca, una población superior a los 1.400 millones de habitantes, infraestructura de primer nivel, liderazgo tecnológico y una capacidad manufacturera que la convirtió en la segunda economía mundial.
Esa combinación permitió atraer inversiones masivas sin renunciar al monopolio político del Partido Comunista.
Nicaragua carece de esos pilares.
Su economía depende ampliamente de las exportaciones hacia Estados Unidos, de las remesas familiares y de una estructura productiva limitada.
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Tampoco dispone del mercado interno, la capacidad industrial ni el peso geopolítico que hicieron viable el modelo chino durante las últimas cuatro décadas.
Román considera que Ortega pretende implantar un modelo chino sin China: conservar el control absoluto del poder, pero sin contar con la fortaleza económica que amortigüe las consecuencias del aislamiento internacional.
A ello suma otra diferencia fundamental. Mientras el Partido Comunista Chino funciona mediante una estructura colectiva de liderazgo y sucesión, en Nicaragua el poder permanece concentrado en una sola familia.
Daniel Ortega y Rosario Murillo dirigen simultáneamente el Estado y el Frente Sandinista, una característica que varios especialistas consideran más cercana a una dinastía política bananera que al funcionamiento institucional chino.
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Occidente vuelve a poner la mirada sobre Nicaragua
El anuncio del dictador, y la posterior aceleración de su aberrante idea, generó una repercusión internacional inusual.
Diversos medios europeos, estadounidenses y latinoamericanos destacaron la declaración de Ortega como uno de los acontecimientos políticos más relevantes de la región, desplazando temporalmente otras crisis internacionales de la agenda informativa.
Para numerosos observadores, el mensaje confirmó el cierre definitivo de cualquier salida electoral a la crisis iniciada en 2018, cuya represión dejó más de 350 personas muertas, miles de presos políticos, centenares de ciudadanos despojados de su nacionalidad y una de las mayores olas de exilio de la historia reciente del país.
Analistas como Óscar René Vargas y Dora María Téllez califican la decisión como un error estratégico de enormes proporciones porque elimina la fachada democrática que el régimen todavía utilizaba frente a la comunidad internacional.
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El peor momento para apostar por el modelo chino
La apuesta de Ortega también coincide con un escenario geopolítico adverso.
Estados Unidos mantiene una política cada vez más confrontativa frente a la expansión de la influencia china, rusa e iraní en América Latina.
Al mismo tiempo, Nicaragua continúa dependiendo del mercado estadounidense como principal destino de sus exportaciones y del acceso al sistema financiero internacional.
Román sostiene que Ortega intenta implantar el modelo chino precisamente cuando posee menos margen económico y diplomático para sostener una confrontación prolongada con Washington.
Mientras tanto, la Asamblea Nacional ya inició el proceso para adaptar la Constitución y la legislación electoral al nuevo esquema político anunciado por el tirano sandinista.
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Para la oposición y diversos analistas, ese proceso busca institucionalizar un sistema de partido único y convertir en ley lo que hasta ahora había funcionado mediante el control de facto de todas las instituciones.
Lejos de proyectar fortaleza, algunos especialistas consideran que la decisión podría acelerar el aislamiento internacional del régimen.
Vargas incluso la define como un posible “cisne negro”: un acontecimiento capaz de desencadenar efectos políticos imprevisibles y abrir una nueva etapa de presión diplomática sobre Managua.
La paradoja, concluyen varios analistas, es que Ortega parece decidido a importar el modelo chino precisamente cuando Nicaragua carece de los recursos, la influencia internacional y la capacidad económica que hicieron posible el éxito de China.
En ese contraste reside, para muchos observadores, el principal riesgo de una apuesta que podría profundizar tanto el aislamiento político como la fragilidad económica del país.
