A principios del siglo pasado, era tema de discusión la inevitable desaparición del “Estado”. Se reconoció que era el objeto de la disputa entre los políticos. Y marxistas y anarquistas coincidieron que el gobierno era el instrumento de dominación que por medio de la burocracia y la policía, lograba el control sobre la población, frenando la libertad y anulando las posibilidades de la participación democrática. Lenin, en su pequeño opúsculo “Sobre la Revolución”, estableció que una vez tomado el poder destruiría el gobierno, por medio de la eliminación de la burocracia y la desaparición de la policía.
Una vez en el poder, después de 1917, bajo la excusa que tenía que derrotar a los enemigos de clase, construyó un estado totalitario; y opero con una policía eficiente– con ojos sobre todos los ciudadanos–, un sistema de vigilancia que hizo imposible incluso el ejercicio del pensamiento privado por parte de la ciudadanía. Solo de pensar mal y desearle desgracias a los gobernantes, eran causales para acusar –por la Policía Secreta– de conspiración a los que hicieran cualquier ejercicio mínimo de crítica a la realidad y a la conducta de los gobernantes. Hannah Arendt nos dejó posiblemente el mejor estudio introductorio sobre el totalitarismo que vale la pena que leamos todos los que, creemos que la democracia es el único camino para la paz, el desarrollo y la felicidad.
En Honduras hemos conocido las dictaduras; pero es hasta hace muy poco que desde la sociedad se ensayan y proponen alternativas totalitarias. El aparato gubernamental era arbitrario, obscuro y misterioso; pero incompetente. De modo que la población dispersa en muchos municipios pudo sobrevivir. La dictadura y el naciente totalitarismo eran más férreos desde el centro a la periferia. En Comayagua y Tegucigalpa, mandaba el dictador; pero en Arenal, Magdalena, San Juan de Opoa, Meambar y Limón había más libertad, porque había menos gobierno.
En 1883, el presidente Bográn tenía 6 ministros y seis escribientes. Ahora, en este periodo presidencial de Asfura además del montón de ministros, ha surgido la figura del “asesor” –que no aconseja a nadie– porque en el fondo es un “paracaidista”, un “botellero” como decían los cubanos; o una “oreja”, como lo llamaban en tiempos de Carias Andino.
Ahora el gobierno es gigantesco. Es la empresa más grande de Honduras. Ninguna empresa privada tiene tantos empleados y maneja tantos recursos como el sector público. Lo que hace que cada día pagamos más para sostenerlo. Porque aunque algunos se hagan los tontos, aquí pagamos más al gobierno para que no haga nada, que lo que pagan en España o Estados Unidos, para que no obstaculice la actividad privada de los ciudadanos. Y es que, resulta contradictorio que aun ahora –algunos meses después– nunca supimos cuánto era el sueldo de Xiomara, cuanto gastaba Redondo en las atenciones a sus “amiguitas” acompañantes en sus viajes al exterior.
Ahora, nadie sabe cuánto gana Asfura. Tampoco si es cierto que regala el sueldo y cuantos son los asesores que tiene; y que hacen, cuáles sus recomendaciones y cuantas de las mismas se aplican y los resultados que inciden en el bienestar de los hondureños. El gobierno no es nuestro –no importa que lo sostengamos con nuestros impuestos, tasa y comisiones– no sabemos qué hace; y más bien, cada día que pasa interviene más y más en nuestra vida privada.
Antes de la reforma liberal, el gobierno se “metía” poco en la vida de los ciudadanos. Desde la última fase, -administración de Gálvez-, el gobierno empezó una espiral de centralización cuya característica principal fue la intervención creciente en la vida ciudadana. Los hechos vitales: nacimiento, matrimonio y muerte, fueron manejados por las parroquias. Después el municipio ocupo su lugar. La “identidad” desde 1953 hasta 1981 la manejaban amigos y conocidos. Ahora no sabemos qué hace el gobierno con esa esa información. Que es la que garantiza nuestra identidad, es decir lo que somos; por lo que no nos parecemos a nadie.
Como los burócratas no duermen inventando necesidades inexistentes, ahora el RNP se prepara a “enrolar” a nuestros hijos, nietos y sobrinos. Como “soldados”. No sabemos para qué. León XIV ha llamado la atención sobre la IA, porque además de los riesgos anticipados, pueden robarnos nuestra identidad y manipularnos, vendernos o entregándonos al diablo que manejan los millonarios occidentales.
No podemos eliminar al Leviatán. Es muy grande. Duerme dentro de casa. Pero lo podemos controlar, amarrarlo de las patas; y expulsar a los burócratas. Lenin tenía razón. La libertad solo es posible cuando el gobierno controla menos a los ciudadanos.
