Un año de Donald Trump: así ha reordenado el tablero global

Por Aurken Sierra Iso, Universidad de Navarra

Donald Trump ha movido el tablero global de piezas desde el inicio de su segundo periodo hace un año.

En su primer año de regreso a la Casa Blanca, Donald Trump ha dado un giro profundo en la política exterior de Estados Unidos. Su estilo –decisiones rápidas, mensajes contundentes y una ejecución que a menudo roza los límites institucionales– ha reordenado prioridades y ha devuelto al centro del debate ideas que parecían superadas. Entre ellas, la lógica de las esferas de influencia, un concepto propio del siglo XIX que reaparece bajo nuevas formas.

Trump ha reivindicado abiertamente la Doctrina Monroe, que en el siglo XIX defendía que el hemisferio occidental debía quedar libre de injerencias europeas. El presidente la ha rebautizado como “Donroe Doctrine”, una versión ampliada que presenta a Estados Unidos como garante exclusivo de la seguridad en América. La idea conecta con un marco más amplio: un mundo dividido en grandes espacios dominados por potencias regionales.

Sus decisiones y declaraciones no solo han modificado la acción exterior estadounidense sino que han obligado al resto de actores internacionales a reaccionar constantemente ante los cambios de rumbo de Washington. Según esta lógica, el mundo se organiza en áreas de influencia y Estados Unidos, como “hegemón” del hemisferio occidental, tendría legitimidad para actuar libremente dentro de su región.

Esferas de influencia: de Schmitt a China

Esta noción recuerda al concepto de “gran espacio” (Großraum) formulado por el filósofo alemán Carl Schmitt, quien defendía que el orden internacional se organiza en torno a potencias que ejercen influencia sobre regiones enteras.

Aunque Schmitt es una figura polémica por su vinculación con el nazismo, su teoría ha sido recuperada indirectamente por algunos intelectuales chinos para explicar el ascenso del país y su papel en Asia-Pacífico. Estudios recientes analizan cómo China articula su influencia mediante inversión, diplomacia y presencia militar en su entorno regional.

Este enfoque también sirve para cuestionar la tesis del politólogo Francis Fukuyama, quien en los años noventa afirmó que la caída de la URSS suponía el “fin de la historia” y la victoria definitiva del liberalismo. La evolución de China, Rusia y ahora Estados Unidos apunta más bien a un retorno de la competencia entre grandes potencias.

La visión estadounidense quedó plasmada en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, que consolida un reparto del mundo en bloques: Estados Unidos en el hemisferio occidental, Rusia en su vecindad inmediata y China en Asia-Pacífico.

El documento supone una ruptura con el orden liberal de la posguerra, basado en reglas universales e instituciones multilaterales, y apuesta por una lógica más territorial y jerárquica.

Trump ha resucitado la vieja Doctrina Monroe, con sus matices personales.

De Monroe a “Donroe”: exclusividad hemisférica en clave siglo XXI

La política exterior de Trump se ha movido en coordenadas similares a las chinas, aunque con fundamentos distintos. Dos episodios recientes ilustran esta lógica: la intervención estadounidense en Venezuela y el interés por la posible compra o anexión de Groenlandia bajo el pretexto de la seguridad nacional. Ambos casos se basan en la idea de que Estados Unidos tiene derecho a actuar libremente dentro de su área de influencia.

Pero no solo tenemos esos dos ejemplos, en este último año ha habido más acciones, como los ataques contra presuntos barcos narcotraficantes en el Caribe, la presión sobre Panamá por la gestión del canal que Trump quiere recuperar, nuevas sanciones a Nicaragua y restricciones más estrictas a Cuba o el refuerzo de su relación con Nayib Bukele en El Salvador a cambio de cooperación en materia migratoria.

Todas estas acciones responden a una misma idea: Estados Unidos tiene derecho a actuar libremente dentro de su área de influencia y a impedir la presencia estratégica de potencias externas. La “Donroe Doctrine” formaliza esta visión y la convierte en eje de la política exterior estadounidense.

El choque entre la agenda internacional y las expectativas internas

Sin embargo, esta estrategia exterior no puede entenderse sin mirar hacia dentro. La dialéctica de la administración Trump contrasta con las prioridades de muchos de los votantes que lo llevaron a la Casa Blanca en 2024. Su apoyo se cimentó en un diagnóstico claro: las administraciones anteriores habían traicionado al estadounidense medio.

Según la retórica del presidente, la globalización desindustrializó el país, amplió las brechas sociales y fortaleció a rivales estratégicos. Las élites –tanto republicanas como demócratas– habrían ignorado estos problemas, provocando el empobrecimiento del ciudadano común.

Por eso, la viabilidad política de la “Doctrina Donroe” se medirá en las elecciones de medio mandato. Trump controla los tres poderes del Estado, pero su mayoría en la Cámara de Representantes es extraordinariamente estrecha –la más exigua en casi un siglo–. El éxito de su agenda internacional sólo será valorado positivamente si los votantes perciben mejoras en su calidad de vida. Si la economía se resiente o el poder adquisitivo cae, los frutos de este intento de reordenar el sistema internacional habrá que buscarlos en otro lugar.

Mientras tanto, conviene seguir a quienes han analizado conceptualmente este viraje –entre ellos, el escritor y economista estadounidense Benn Steil– para entender un cambio que, por primera vez en décadas, no se limita a la retórica, sino que reconfigura el reparto real de poder.

Aurken Sierra Iso, Ayudante Doctor, Departamento de Comunicación Pública, Universidad de Navarra

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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