Se cumplen 46 años del sepelio de Monseñor Romero, el funeral que se convirtió en tragedia en San Salvador

La dolorosa despedida al arzobispo al quien llamaban “la voz de los sin voz”, acabó en tragedia aquel domingo de 1980. Un ataque de la ultraderecha desató un acontecimiento inolvidable que dejó medio centenar de muertos.

La violencia se desató y la muerte cabalgó el 3 de marzo de 198 en el centro de San Salvador, durante el funeral del asesinado Monseñor Óscar Arnulfo Romero. (imagen de archivo).

San Salvador amaneció volcada en las calles el 30 de marzo de 1980. Era Domingo de Ramos. Millares de personas caminaron hacia la Catedral Metropolitana de San Salvador para despedir a Óscar Arnulfo Romero, asesinado 6 días antes. El masivo funeral se volvió un infierno y acabó en tragedia. Decenas de muertos y cientos de heridos, fue el saldo. La violencia marcó el adiós del hombre que se convertiría en santo.

La Plaza Gerardo Barrios se llenó desde temprano. Familias enteras, campesinos, religiosas y delegaciones extranjeras ocuparon cada espacio disponible. Algunos llevaban palmas. Otros sostenían retratos del arzobispo.

El ambiente mezclaba duelo y expectativa. También había tensión. El país vivía una escalada de violencia política.

Una ceremonia solemne en medio de la incertidumbre

El féretro se colocó en las escalinatas de la catedral, frente a la multitud. La misa comenzó con la participación de obispos de varios países.

El sol caía fuerte. Aun así, nadie se movía. La mayoría escuchaba en silencio. La imagen era imponente: miles de personas reunidas en torno a un líder religioso convertido en símbolo.

Sin embargo, la ausencia de fuerzas de seguridad en la zona generaba inquietud. El contexto no permitía confiar en una jornada tranquila.

El momento en que todo cambió

La homilía avanzaba cuando un estruendo rompió el silencio. Eran cerca de las 11:40 de la mañana.

Primero se escuchó una explosión. Luego, otras más. En segundos, los disparos comenzaron a mezclarse con los gritos. La plaza dejó de ser un espacio de recogimiento.

El miedo se expandió rápido. La multitud reaccionó de forma instintiva. Algunos miraban hacia los edificios cercanos. Otros solo corrían.

El pánico desató una tragedia

La desesperación empujó a cientos hacia las puertas de la catedral. Muchos buscaban refugio. Otros intentaban salir por calles laterales.

La presión de la multitud provocó una estampida. Personas cayeron al suelo y no lograron levantarse. Otras quedaron atrapadas entre la gente.

La mayoría de víctimas no murió por disparos. Murió asfixiada o aplastada. El balance dejó al menos 50 fallecidos y unos 200 heridos.

Las ambulancias llegaron en medio del caos. Los sobrevivientes ayudaban a cargar heridos. El ruido de disparos aún se escuchaba en algunos sectores.

Un entierro marcado por la urgencia

Dentro de la catedral, religiosos protegieron el cuerpo de Monseñor Romero. Afuera, la situación seguía siendo incierta.

Horas después, lo sepultaron sin completar la ceremonia. El funeral terminó de forma abrupta. La despedida quedó inconclusa.

Las autoridades, encabezadas por José Napoleón Duarte, atribuyeron los hechos a grupos de izquierda. Otras versiones señalaron la participación de francotiradores y estructuras armadas.

No hubo una explicación definitiva.

Asistentes al funeral de Monseñor Óscar Arnulfo Romero corren en medio de tiroteos, el domingo 30 de marzo de 1980.

Una despedida que reflejó el país que venía

El funeral de Romero no solo fue un acto religioso. Fue un espejo del momento que vivía El Salvador.

La jornada comenzó como una despedida masiva

 Ese contraste marcó a toda una generación.

Semanas después, la violencia se intensificó. El país entró en la guerra civil salvadoreña.

Romero quedó como símbolo moral. Su funeral, en cambio, quedó como advertencia. Ese 30 de marzo mostró que la crisis ya había cruzado un punto sin retorno.

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