A pocos meses de concluir el mandato presidencial de Rodrigo Chaves Robles, Costa Rica se prepara para unas elecciones definidas por un nuevo tablero político. No solo por la sostenida aceptación del mandatario, sino por la estrategia oficialista de conquistar una bancada dominante en la Asamblea Legislativa.
¿Por qué Chaves se sostuvo con altos niveles de respaldo y cuál es la lógica detrás de la meta de los “40 diputados jaguares”? El sociólogo Jorge Vargas y el historiador y catedrático José David Ramírez ofrecen respuestas complementarias a este fenómeno, que se inscribe en una reconfiguración profunda del sistema político nacional.
De “accidente electoral” a síntoma de crisis
La elección de Rodrigo Chaves en 2022 fue vista por muchos analistas como un “accidente electoral” o simple voto de castigo contra el Partido Liberación Nacional.
Sin embargo, Ramírez advierte que este análisis es superficial. Inspirado en la obra del politólogo Javier Balsa sobre la victoria de Milei en Argentina, sostiene que el fenómeno Chaves es expresión de una crisis de hegemonía: el viejo bipartidismo costarricense —sustento del modelo socialdemócrata y del Estado benefactor— perdió la capacidad de articular un sentido común nacional, mientras que sus alternativas, como el Partido Acción Ciudadana, acabaron absorbidas por el desgaste y la desilusión.
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Tras décadas de estabilidad y consenso, la apertura comercial, el auge del neoliberalismo y los recortes fiscales desde los años noventa minaron las bases del Estado social.
“Los partidos tradicionales se fragmentaron y perdieron credibilidad; el PAC, que prometía ética y renovación, terminó desdibujado por conflictos internos y una percepción de continuidad con las mismas políticas neoliberales”, dice Ramírez.
El resultado fue un vacío sociopolítico y una ciudadanía cada vez más frustrada con el deterioro de los servicios públicos, el aumento de la desigualdad y la falta de respuestas eficaces.
En ese clima, acota, Chaves emergió como el outsider capaz de canalizar el hartazgo, con un discurso agresivo, centrado en el enfrentamiento con “la argolla” y la burocracia.
Un “neoliberalismo recargado” y el malestar cultural
El análisis de Ramírez subraya que la fuerza de Chaves no radica solo en el rechazo a los partidos tradicionales, sino en su capacidad para sintonizar con un cambio ideológico.
Como Milei en Argentina, el presidente costarricense encarnó un neoliberalismo sin complejos, promoviendo recortes presupuestarios, privatizaciones parciales, ataques a sindicatos y propuestas como la jornada laboral 4×3, siempre bajo el argumento de la “eficiencia” del sector privado frente a la “ineficiencia” pública.
A ello se suma un factor cultural: Chaves ha recogido el descontento de sectores que perciben como “impuestas” agendas de género, diversidad o educación sexual.
Sin convertirlo en el centro de su plataforma, ha logrado presentarse como referente para quienes sienten que la modernización social y cultural avanza sin tomarles en cuenta.
Esta combinación de malestar económico y cultural, sumada a un estilo populista y confrontativo —que desacredita a la prensa, expertos e instituciones cuando desafían su narrativa—, explica en parte por qué Chaves ha sostenido altos niveles de aceptación, pese a las controversias y a la erosión institucional.
El poder real se juega en la Asamblea Legislativa
Para el sociólogo Jorge Vargas, la atención mediática y social suele centrarse en Zapote —sede del Ejecutivo—, pero el auténtico pulso del poder está en Cuesta de Moras, donde sesiona la Asamblea Legislativa.
En Costa Rica, explica Vargas, la Constitución establece un sistema de contrapesos: el Congreso y órganos como la Contraloría General de la República limitan la acción del presidente, aprueban leyes, fiscalizan el presupuesto y pueden bloquear o condicionar las decisiones del Ejecutivo.
Durante la administración de Chaves, este equilibrio se puso a prueba. El presidente buscó reducir el peso del Legislativo, lo descalificó en varias ocasiones e intentó imponer su agenda por encima de los procedimientos institucionales.
Pero, según Vargas, “el sistema resistió”, y el enfrentamiento con los diputados explica en gran medida el estilo confrontativo que ha marcado el mandato de Chaves.
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Por qué el oficialismo apuesta por los “40 diputados jaguares”
A partir de esa experiencia, el oficialismo comprendió que gobernar sin mayoría parlamentaria es navegar en aguas turbulentas.
Por ello, la consigna para las elecciones es conquistar una bancada lo suficientemente grande —los famosos “40 diputados jaguares”— para controlar el Congreso, aprobar leyes clave y, eventualmente, atraer a diputados de otros partidos con “incentivos especiales”, al estilo que describió el economista Mancur Olson: cargos diplomáticos, obras públicas para las comunidades, y favores políticos.
No se trata solo de una cuestión de números, sino de concentración de poder.
Como ocurrió con el Partido Liberación Nacional entre 1953 y 1990, el Ejecutivo aspira a dominar el Legislativo y así reducir los contrapesos institucionales.
Sin embargo, advierte Vargas, la diferencia actual es que la nueva élite política oficialista no se caracteriza por su respeto a la Constitución o la cultura democrática, sino por su inclinación autoritaria y su obsesión por el poder.
Entre la polarización y el reto democrático
La combinación de crisis de hegemonía, desgaste de los partidos tradicionales, giro ideológico y concentración de poder explica el fenómeno Chaves y la lógica de la campaña oficialista en la recta final de las elecciones.
El reto, coinciden Vargas y Ramírez, es que Costa Rica no caiga en una lógica de polarización permanente y que el próximo Congreso cuente con una masa crítica de legisladores de alta calidad democrática, capaces de preservar los equilibrios institucionales y reconstruir la confianza ciudadana.
En suma, el futuro político costarricense se juega tanto en la calle como en los escaños parlamentarios. Y en este nuevo escenario, la disputa por el Congreso será tan decisiva —o más— que la carrera presidencial.
